LOS JARDINES DEL ALMA (por Ángel Sopena)

Posted by on 13 ene, 2014 in Blog, Events | 0 comments

LOS JARDINES DEL ALMA (por Ángel Sopena)

David Moya Centro Párraga. 10 de enero Para esta sociedad decepcionada, perpleja y herida por una renuente crisis de valores, pedía Caballero Bonald en su discurso por la concesión del Premio Cervantes “esgrimir la poesía contra los desahucios de la razón”. El cantautor murciano David Moya parece hacer suya esa frase. Siempre escribió para exorcizar los demonios; muchas de sus canciones le ahorraron más de una visita al diván.

 “Las horas invisibles”, su sexto disco, es un álbum espléndido, una sonata de otoño teñida de primavera, o viceversa. Campea por todas las canciones, fieramente humanas, una brisa melancólica que a veces se convierte en belleza agobiante, vaga tristeza entrañable. Una obra de madurez en la que se deja arrastrar suavemente por el vértigo del tiempo, de la desilusión, de hojas de otoño sacudidas por el viento…David Moya se recrea con temas de amor (en la distancia) donde el previsible despecho se transforma en ternura, en una vaga tristeza que encandila. “Las horas invisibles” es como el diario íntimo de un navegante curtido. Sus nuevas canciones son una prolongación natural de anteriores discos, pero son más íntimas y más sosegadas. Trabaja más los jardines del alma, te inocula remansos interiores. Y, aunque esgrime talante angelical, incita al disfrute sosegado de la vida cotidiana.

 Este trovador con alma de poeta presentó íntegramente su disco, intercalando entre las nuevas canciones otros temas más antiguos y también más populares (“Tu amante bipolar“). Sus seguidores pueden estar tranquilos: Moya no se ha desviado ni un ápice del camino que él mismo trazó hace años. Sigue siendo ácido, honesto, independiente, lúcido. Y sus canciones ofrecen un paisaje de reflexiones hirientes y dudas existenciales.

 David Moya mantiene intacto todo su encanto escénico. Esas tablas que precisamente el paso del tiempo va acrecentando, una clase nada impostada a medio camino entre el colegueo y el señorío, y, sobre todo, una cercanía que rompe todas las barreras escénicas. Fenomenal de voz, cuando canta el escenario desaparece totalmente.

 El espectáculo arrancó con “En mi mundo”, seguida por “Siberia”, dos excelentes muestras del nivel letrístico de sus nuevas canciones, y hubo desde homenajes a Antonio Vega (“Tras las cortinas”), a momentos delicadamente pop (“Frágil”), estallidos de rabia contra la injusticia (“La calle es nuestra”), y felices conclusiones existenciales (“Sacarte a bailar”) con la que finalizó. Moya lleva muchas alegrías por dentro y por fuera, pero hay un enternecedor halo de tristeza, de melancolía, quizá de desesperanza.

 Una primera constatación: David Moya ha ganado con el tiempo. El disco, primorosamente publicado gracias al crowfunding, es uno de los álbumes más interesantes de la temporada, con invitados de lujo. En directo, aunque no estaban los solistas citados, el cantautor murciano se rodeó de la banda de su productor, Funambulista: músicos excelentes y con mucho oficio, una banda potente y delicada, muy artistas. Todos ellos bordaron su trabajo.

 Acaso convenga destacar la sensibilidad deAlejandro Martínez (que tuvo un momento protagonista para interpretar una estimable balada pop al piano), el arrebato del guitarrista o la meticulosidad y elegancia del batería Sergio Bernal. También salieron los Agentes de la Dinámica, que le han acompañado durante su carrera participando en “Pisando charcos“, y la agrupación coral Vocal Cluster, que prestó sus armónicas voces en canciones como “Nada” (esos arreglos vocales recordaban a Aguaviva, creadores en los 70 de un estilo que aunaba la poesía con una música que era mucho más que un simple envoltorio para la palabra). Y entre los invitados también figuró el gran Jass, hermano del alma de Moya, que irrumpió en el escenario durante “Me pido el malo”, y continuó con una canción de su autoría (“Amor pedáneo”) levantando el vuelo del concierto, que gracias a lo cercano de la sala, se convirtió en un binomio cómplice entre público y artista, con el propio Moya emocionado (bailando como Santiago Auserón) de ver que dejaba con la boca abierta a los atentos espectadores. Moya y sus músicos consiguieron hora y media de ternura, guiños, bellezas varias, mosqueos metafísicos, palabras que se aman y se engañan. De alguna manera, Moya está como nunca, exquisito. Y su público, delirando. El espectáculo comenzó con media hora de retraso, pero no hubo ni una sola protesta. La gente estaba allí para participar en un banquete.

Ángel Sopena. Crítico musical. Publicado en La Opinión de Murcia.

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