Ítaca estaba de dulce; hacía mucho que no sentía hervir la sala como aquella noche en la que un micro iba a servir para amplificar los sentimientos de casi una decena de personas. Reconozco que me sentí un poco abuelo, por la media de edad del público y de la mayoría de los poetas que, uno tras otro, se iban subiendo a ese escenario al que yo tantas veces lo he hecho.
Y es que ya hace más de una década desde la primera vez sobre aquellas tablas. Más de diez años en los que la mayoría de mis vivencias han acabado reflejadas en canciones, cuentos, poemas u otro tipo de escritos. Por eso yo figuraba al final del cartel, como el veterano de la velada, con las espaldas cubiertas por dos “de mi quinta”: Ignacio Martín y Hector Castilla.
Al primero, un tipo polifacético (poeta, arqueólogo y director de cine) me une la complicidad de los comienzos y la casualidad de los reencuentros; al segundo, una suerte de admiración hacia el curioso personaje que le habita y que, de tanto en tanto, se expresa en verso. Y no de cualquier manera. Héctor fue el encargado de regalarme una nueva presentación, y ya van tres (tras las que ya os mostré de Luis García Gil y Richard Imbernón).
Os dejo con “H”.
“Si hay algo que destacar del autor de estas ‘5 manías de hombre solo’ es su querencia por ser hombre, es decir, por querer afirmarse en lo que realmente nos hace seres humanos, la vena artística. Tengan en cuenta que si el ser humano no hubiera desarrollado su vena científica seguiríamos siendo seres humanos, más atrasados pero aun así, seres humanos; sin embargo, la cualidad que nos hace únicos es la de la posibilidad de crear arte y ahí se zambulle David Moya con estas cinco manías de hombre solo.
·La primera de ellas, la de cantar y desnudarse –aún me pregunto si hay alguien que no disfrute cantando y/o desnudándose, la cuenta en voz baja porque se siente a veces culpable de disfrutar del privilegio de hacer lo que hace y dudando de si es relevante; a veces, incluso, se siente raro, afortunado pero extraño, agradecido –supone– aunque también egoísta…vamos, que es probable que de lo que esté hablando sea de miedo, pero solo hay un camino y es hacia delante. Y en ese camino hacia delante, David se desnuda hablando del otoño, de la soledad, del solar lleno de escombros que tenemos en nuestro Manhattan particular, de la manía de masturbamos compulsivamente el intelecto, de soñar despierto, de su creencia en que el dolor debiera ser pretérito y de un Seat Ronda, de Trotsky, de los macetones con guindillas, los Diminutos, Calimero, los sorbos de Frangélico, el Madrid, Induráin o Rafa Nadal.
Y continúa, una vez recordado el principio.
En cuanto a lo de cantar, no le hagan caso a lo que puedan leer por ahí, la música y la poesía –como sabemos algunos y lo explicaron hace un par de años Luis Eduardo Aute y Javier Krahe en el hemiciclo de la Universidad de Letras– no son lo mismo aunque puedan compartir algunas características como la rima y la obligación de evitar los lugares comunes; y de ahí sale David airoso muchas veces, como cuando escribe: ‘tengo la impresión / de haber parado el tiempo cargándome el reloj’, o ‘me esperan enfadados / problemas y pecados / los sueños y los planes cancelados’, o ‘Siguen tentándome (…) las luces de las fiestas de tu barrio’.
·La segunda manía es la de hablar en verso y la demuestra en esdrújulas, fijando el tiempo, desaprendiendo el lenguaje vacío de los hombres, mostrando las caras y sus reversos, intentando dejar su huella en el viento, imaginando islas en un mapa, en un lunes al sol en Cádiz, o con la sorpresa que provoca mirar un hospital, la memoria de Mariajo o el paisaje de sus recuerdos.
·Y se siguen sucediendo los cuadernillos, y David nos muestra su manía de contar historias, historias que transcurren en diez segundos, que tienen por banda sonora a Aarön Sáez o a Nirvana, historias en las que la belleza la genera el acto mismo de su disfrute y contemplación, historias de desertores o historias que comienzan con lo que alguien encuentra en el bolsillo de una prenda de vestir de otra persona.
·David, además, no se calla –es otra de las manías que tiene– y nos cuenta hasta qué punto es esencial en su vida la banda que lo acompaña, la obsesión por el tiempo, los pequeños dictadores que está educando esta sociedad, pide que eduquemos terroristas, y ahonda en esa idea del amor por la cultura, de la voluntad de estar informado, del derecho a dudar, de mantener un discurso personal e irrepetible en vez del catecismo monótono que todos siguen a pie juntillas, o aborda las ciencias impuras.
·Y para terminar, si hay algo que caracteriza a David, es la manía de no saber estarse quieto –pregúntenle a David de Gregorio o a Jorge Iglesias. David y Jorge no podrán olvidarse nunca de estar galopando por la T4 de Barajas, guitarras a la espalda; ni de Buenos Aires: Quilmes y empanadillas criollas, Avenida Colón, Calle Defensa, Parque Lezama, Plaza Dorrego, Avenida Almirante Brown, Puente Nicolás Avellaneda, Vuelta de Rocha, Calle Bolívar, Plaza de la República –¡y Leiva de los Pereza!–, Terminal Retiro, rumbo a Rosario y de allí a Chovet. Y en Rosario, descubrir que ‘después de la cena / los cartoneros rumian restos / de la gula del progreso / que se sonroja más por el vino / que por la vergüenza’, y fotografiar a mujeres y a ‘la pasarela de moda / en que convierten / sus idas y venidas al baño’; y el Paraná, y Parque España, y Juan Carlos Blagietto y su ‘Ángel y demonio’; y volver a Buenos Aires y sentirse cóndor después de tanto tiempo sintiéndose águila; y todos esos días, vividos segundo a segundo, que se resumen o se ensanchan con varios nombres propios.
Este es David Moya.”




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